miércoles, 9 de abril de 2014

UN SECRETO INVIOLABLE...

El pensamiento de que uno es una víctima inocente o de que tiene derecho a indignarse es típico de aquellas personas que, de un modo u otro, tienden a la agresión.  Una vez que este tipo de pensamientos – como por ejemplo la justa indignación – se automatizan, desempeñan un papel autoconfirmante y, de este modo, la persona que se siente víctima acecha constantemente todo lo que hace el otro para poder confirmar su propia opinión de que está siendo atacado o menospreciado, ignorando, al mismo tiempo, todo acto mínimamente positivo que pueda cuestionar o contradecir esta visión “Daniel Goleman, en Inteligencia Emocional”

Es brillante y muy acertado como el bueno del señor Goleman describe el proceso que algunas personas tienen para permanecer en una posición en las que se encuentran relativamente cómodas. ¿Cómo salir de la estabilidad que proporciona el victimismo?

El otro día leí una frase muy graciosa que decía: “el cerebro tiene forma redonda para que los pensamientos puedan cambiar de dirección” Pero esto es una utopía, un ideal, todo hay que decirlo. Digamos que vivimos en una sociedad en la que es más fácil esforzarse para que nuestro cuerpo cambie y se nos marquen los abdominales que para que nuestros pensamientos nos encaminen a la objetividad y nos alejen del autoengaño que, paradójicamente, nos de la tranquilidad suficiente para podemos ir al gimnasio a lucir palmito. Eso se traduce en un hecho empírico: Los gimnasios están lleno de gente, mientras que las librerías se encuentran vacías. Culto al cuerpo y olvido de la mente pensante. Total, ¿para qué?

¿Quién quiere hacer un esfuerzo para alcanzar una meta que no se gratifica? No se recompensa un pensamiento lógico y sí un cuerpo armonioso. Esa es la cruel realidad que nos asola y que arrasa, y arruinará, nuestras relaciones interpersonales. Y si no, tiempo al tiempo.
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Y allí estabas tú, tumbada en tu colchoneta de color verde, protegiendo tu frágil cuerpo de las irregularidades del terreno, buscando la comodidad entre el bullicio de escaladores que, impulsados por las endorfinas primaverales, alterados, pelean por un trozo de roca caliente que sacien de dopamina sus fríos cuerpos. Allí estabas tú, como si no hubiera pasado el tiempo. Pero sí que ha pasado. Ahora estás más alta. Tu cabeza sobrepasa ya mis hombros, aunque sigues siendo realmente delgada, y sigues siendo realmente bella. Quizás mi percepción de la belleza sea subjetiva cuando se trate de tu persona y a través de mis pupilas solo entre magia cuando te miro. Todo apunta a que no transcurrirá mucho tiempo hasta que te desarrolles y te conviertas en una mujer y aún recuerdo el olor a bebé que  desprendías cuando te conocí. Tu mirada es tímida, como casi siempre. Me acerco a ti con recelo, temeroso de tu reacción. No es que te tema a ti princesa, sino el modo en el que pudieran haber sido alterados tus pensamientos en todo este tiempo, cómo pudieran haber moldeado tus sentimientos, pues eres frágil y moldeable, y pueden e intentan aprovecharse de eso. Pero modificar los pensamientos de una niña de once años es más fácil que cambiar sus sentimientos. Para esto último se necesita más tiempo. Los sentimientos están ligados a las emociones y éstas están implícitas en ti incluso antes de que aprendieras a hablar, incluso antes de que aprendieras que la realidad es moldeable al antojo de personas que buscan la tranquilidad del victivismo y juegan con los sentimientos y emociones de una niña frágil, maleable  y flexible como tú.

Me arrodillo a tu lado y ahora, de nuevo, parece que todo es como antes. No creo que hayan servido demasiado los esfuerzos de todas esas personas que han intentado hacerte creer que yo era mala persona. Me pongo en tu situación y debe ser difícil. Debe ser realmente complicado ver en mí maldad alguna. Sé que alguna vez te has dejado llevar por la impulsividad agresiva de las personas que tenías al lado, pero ahora estamos tú y yo, solos, en ese trocito de colchoneta verde. Y te susurro al oído. Froto mi mejilla contra la tuya y sonríes cuando te advierto que “no pincho”, pues me acabo de afeitar dos horas antes, como si predijera que este momento se produciría. Te doy la mano y te levanto con la excusa de poder comprobar una vez más cuán alta estás, pero es un pretexto para tenerte frente a mí, y así poder abrazarte y cogerte en mis brazos. Me hacía tanta falta este momento...

Durante toda la tarde te observo. Una sensación extraña recorre todo mi cuerpo. Es la imagen que siempre he tenido grabada en algún lugar de mi memoria y que ahora se repite haciendo que ésta se consolide aún más en mi cabeza.

Te marchas. Y esa sensación extraña adquiere carácter. Y toda la felicidad que he sentido al poder verte se difumina; y tristeza y alegría luchan por apoderarse de mi alma. Y cuanto más pasa el tiempo más gana una y más pierde la otra. Y te vuelvo a extrañar.

Pero tuve ese momento. El momento en que te susurré al oído. El momento en el que te conté un secreto que querías oír y, aunque quizás aún no seas capaz de darle significado y de colocarlo en el lugar preciso, un día, no dentro de mucho, podrás hacerlo. Y ese día estarás más cerca de esa realidad que te describí en nuestro secreto.


Y todavía algunos dicen que me olvide de ti porque no soy tu padre….

viernes, 21 de marzo de 2014

GESTIONAR LAS EMOCIONES

"Dadme una docena de niños sanos bien formados, para que los eduque, y yo me comprometo a elegir uno de ellos al azar y adiestrarlo para que se convierta en un especialista de cualquier tipo que yo pueda escoger -medico, abogado, artista, hombre de negocios e incluso mendigo o ladrón-, prescindiendo de su talento, inclinaciones, tendencias, aptitudes, vocaciones y raza de sus antepasados”.  J. Watson

Claro que esa controvertida afirmación que realizó  el “bueno” de Watson se refería a otro modo de entender el aprendizaje, diferente del que hoy quiero hablar. Aunque, en definitiva, es cierto que no dista demasiado sobre la idea de Rousseau acerca de cómo venimos al mundo.  Éste se refería al entorno, al ambiente y  a las experiencias vividas como la causa principal de nuestra conducta y el moldeado que ésta sufre a lo largo de nuestra vida.

¿Qué ocurre biológicamente cuando aprendemos? Pongamos un ejemplo sobre uno de los muchos estudios que la neurociencia ha realizado. Lo explicaré de la forma más breve y simple posible.

Existen varias partes de nuestro cerebro que se encargan de las funciones de coordinación motriz. El experimento consistiría en realizar tres resonancias magnéticas estructurales a una serie de individuos voluntarios en tres momentos determinados: antes, justo después y un tiempo después de realizar una tarea. La tarea consistía en un entrenamiento para la realización de malabares. Durante un tiempo los voluntarios estuvieron entrenando diferentes ejercicios que requerían una habilidad motriz y de coordinación elevada. Los resultados fueron los esperados. Justo después del periodo de entrenamiento las áreas cerebrales implicadas en la realización de las habilidades requeridas para la tarea eran más grandes y las conexiones neuronales de dichas áreas eran más solidas que antes del periodo de entrenamiento. Por otro lado, después de un tiempo de la finalización del entrenamiento (tiempo en el que los voluntarios dejaron de realizar esa actividad por completo), las estructuras implicadas había vuelto a disminuir en tamaño y las conexiones entre las neuronas de las áreas implicadas presentaban menor activación, volviendo casi por completo al tamaño que presentaba antes del entrenamiento. Esto es un claro ejemplo de la plasticidad de nuestro cerebro y cómo se modifica en función de cómo lo trabajemos.

Y, entonces… ¿Y las emociones?

Esto que hemos explicado es lo que marca la diferencia entre una persona con habilidad de otra que no la tiene. Está claro que no podríamos obviar los factores genéticos, cierto. Pero, si Michael Jordan nunca hubiera entrenado, ¿se habría convertido en el mejor jugador, probablemente, de todos los tiempos? Lo dudo. Es obvio que la genética interviene pero, ¿en qué medida?

Llevo un tiempo pensando si esta argumentación se puede trasladar al mundo de las emociones.
¿Por qué existen personas más sensibles que otras? ¿Se pueden trabajar las emociones para llegar a ser una persona más empática de la misma forma que se adquiere destreza con un juego de malabares? Yo creo que sí. Al igual que en el caso de los malabaristas entrenados, otros estudios revelaron las diferencias estructurales propias que presentaban un grupo de psicópatas en las áreas implicadas en las emociones respecto a unos individuos sin dicha psicopatía.

Si no entrenas la memoria las conexiones neuronales implicadas en ella no se fortalecen, si no entrenas tu coordinación motora pasa exactamente lo mismo ,que no adquieres, por ejemplo, la habilidad necesaria para hacer que las tres pelotitas no caigan al suelo, y si no entrenas las emociones puede que dejes de sentir, o incluso que no llegues a hacerlo de una forma socialmente aceptada.

Y esto es por lo que nos alarmamos o, por lo menos yo, me alarmo. De una forma similar a lo que hablaba en el último post lanzo otra pregunta al aire, ¿estamos descuidando nuestro entrenamiento emocional? Y peor aún, ¿estamos pasando por alto el hecho de educar emocionalmente a las nuevas generaciones? ¿Es por esto por lo que diferenciamos entre gente "mala" y gente "buena"?


Un niño que encuentra un rompecabezas frustrante puede pedir ayuda a su ocupada madre. El niño recibe un mensaje si su madre expresa placer claro en su solicitud, y otro mensaje muy diferente si mamá responde con un lacónico: “no me molestes, tengo trabajo importante que hacer. “Daniel Goleman, autor de Inteligencia Emocional”

domingo, 9 de marzo de 2014

NADIE DIJO QUE FUERA JUSTO, PERO DEBERÍA SERLO...

La verdad es que no era consciente de que fuera hace ya casi quince años. Una imagen, unos minutos que siempre quedarán grabados en mi memoria. De hecho, que pareciera que fue hace menos tiempo es una clara muestra de que realmente quedó impregnado en mí aquel desenlace. A menudo lo recuerdo cuando pienso en la injusticia implícita que a menudo veo reflejada en nuestras vidas. En la mía y en la de muchas personas que a lo largo del tiempo he visto que lo dieron todo y, por caprichos del destino, aun así, perdieron “el partido”.

Corría el año 1999 y se disputaba la final de Champions League en un escenario sin igual, el majestuoso Camp Nou, estadio de mi  equipo favorito. Dos de los equipos de más renombre de la historia del fútbol, uno inglés, el Manchester United, y otro alemán, el Bayer de Munich,  se disputaban el título de mejor equipo de Europa. Cuando el partido tocaba a su fin, allá por el minuto noventa, el Bayer ganaba por la mínima (1-0) al Manchester U. Los hinchas alemanes ya celebraban el tan agraciado galardón y los cánticos de victoria se podían oír al unísono en el coliseum blaugrana. Pero antes de pitar el final del encuentro, el árbitro tenía, y debía, dejar algunos minutos de descuento por el tiempo perdido en el transcurso del choque. En ese tiempo, en esos minutos en los que el Bayer se sentía campeón y en los que solo debía correr el reloj, el equipo inglés se encontró con un saque de esquina a su favor. Beckham lanzó el corner y, después de varios rebotes, el balón llegó a Sheringhan y éste empató el partido bajo la mirada incrédula del guardameta alemán Oliver Kahn. Pero no hubiera sido tan épico, desastroso, único, malvado e injusto, sino hubiera ocurrido lo que aconteció un minuto después. El Bayer saca de centro, el partido ahora está en tablas y, casi sin darnos cuenta, de nuevo, un minuto después, otro saque de esquina a favor del equipo inglés. Beckhan saca de nuevo y, otro jugador del Manchester, Solskjaer, marca de nuevo a Oliver Kahn. En un minuto y medio, en el tiempo de descuento, mientras que los hinchas alemanes se veían campeones, el Manchester United remonta el partido y se convierten en campeones de Europa.

Recuerdo esa imagen de los jugadores alemanes tirados por el césped, apáticos, abatidos, incrédulos, mirando al cielo del coluseum blaugrana en busca de alguna explicación lógica del porqué de esa situación. El árbitro intentaba, en balde, consolar a los jugadores alemanes y trataba, no de manera exitosa, que éstos se levantaran del césped, pues debía pitar el final del encuentro. Es una imagen que nunca olvidaré.

Habían sido mejores, lo habían demostrado durante los noventa minutos en los que “fueron” campeones y, sin embargo, lo perdieron todo en un instante.

Recuerdo los días posteriores, las conversaciones con muchos amigos, las noticias que recorrían todo el mundo y que hablaban sobre lo que en aquellos dos minutos ocurrió. Recuerdo las portadas de los periódicos deportivos sensacionalistas, las burlas de los ingleses “polites” y la desconsolación alemana. Notaba un cierto tono de burla en el aire enrarecido de aquella semana, un tono de sarcasmo e ironía, de chufla y cachondeo, de mofa y recochineo por la sociedad en general sobre los alemanes y cómo éstos, creyéndose campeones, habían sufrido en sus carnes la penetrante sensación de la frustración de la mano de aquel tópico que dice que “nadie dijo que fuera justo”. Como la vida misma…

Hay veces que me siento así. Ahora me siento así. Como aquellos jugadores alemanes que permanecieron inertes, indiferentes y pasivos sobre la moqueta verde del coliseum blaugrana, pero con menos dinero, encima eso.

Y al igual que hicieron ellos, no podría hablar tanto de frustración como de injusticia, porque yo vi el partido, lo viví, y no fue justo. Al igual que ellos no puedo reclamar ante ningún árbitro, ni ante ningún juez, porque las normas establecidas, con sus agujeros nos guste o no, son así, lamentablemente para mí. Y eso es lo que hace que a veces me encuentre, tirado en la hierba, apático, incrédulo y abatido; mirando al cielo de cualquier coliseum en el que me encuentre intentado recibir una señal que me pudiera explicar el porqué de esta injusticia tan atroz, inhumana, sanguinaria y dura.

Tú te fuiste como se marchó aquel equipo inglés, y contigo te llevaste aquel trofeo que pude saborear durante esos noventa minutos, o esos ocho años, ¡¡¡qué más da!!! y fue tan doloroso como injusto; tan tremendamente injusto que hoy sigo tirado en la hierba.


El amor no se goza de la injusticia, no se alegra de la desgracia ajena, ni propaga murmuración maliciosa ni inmoral, sino se goza de la verdad, su delicia es practicar el bien e impartir la justicia y destacar la firmeza.

viernes, 7 de marzo de 2014

AGRESIÓN EN TIEMPOS DE HOY...

Hace unos días, mientras tomaba una cervecita social en una terraza del paseo marítimo, contemplé una situación que, aunque puede parecer de lo más normal, a mí me hizo pensar más de la cuenta, como de costumbre. Para ser sincero no sé cuán bueno es pensar más de la cuenta, pero es lo que hay. Pues solo con un pensamiento podemos llegar a tener una opinión y eso nos hace un poco más libres.

El caso es que junto a mí se encontraba una pareja de abuelos que habían llevado a pasear a su nieta en ese caluroso día primaveral y habían decidido, como yo, sentarse a contemplar el mar durante un rato tomando un aperitivo. La nieta se acerca a la abuela, ésta la abraza y le dice: “Eres la mejor…” 

No. Sinceramente no creo que seas la mejor. Además, ¿la mejor en qué? No sé si es del todo bueno que nuestros hijos crezcan creyendo que son los mejores, porque raramente será así. Y cuando crezcan, cuando se conviertan en adolescentes y descubran que hay gente más guapa, más inteligente, mejores estudiantes y mejores deportistas, en el niño se producirá un altercado emocional, porque las expectativas a las que había sido inducido desde pequeñito habrán sido trastocadas por la inevitable realidad. “Eres muy guapa, eres muy inteligente, buena estudiante y buena deportista, pero debes aceptar siempre que haya gente tan buena o mejor que tú” De esta forma eliminamos en buena parte el afán de competición, que no de ser competitivo, ya que esto último es muy necesario para que el individuo saque de sí mismo todo su potencial. Mejorar, que no ser mejor que los demás.

¿Qué puede ocurrir cuando las expectativas de un niño no se cumplen? Que la frustración aparezca por no haberse alcanzado la meta esperada y con ella, con la frustración, probablemente también florezca una conducta agresiva. No necesariamente claro está, pero no podemos obviar que uno de los factores por el que la agresividad puede aparecer y expresarse en un individuo es por la frustración de unas expectativas no cumplidas.

Puede parecer todo un tanto rocambolesco, cierto, pero analizaremos más detalladamente algunas cuestiones.

Vivimos en una sociedad consumista que diariamente nos alienta para que poseamos más, para que tengamos el mejor coche, el mejor trabajo, para que le demos envidia al vecino y al compañero de trabajo al que no podemos ver, todo sea dicho. En definitiva, para ser los mejores. A una edad ya está claro que está todo el “pescao vendio”. Es obvio que la chica del anuncio de George Clooney no se va a liar conmigo por mucho capuccino que tome. Pero, ¿y mi hijo? ¿Cuántas veces hemos visto convertida la frustración de unos padres en las expectativas de un niño?

Otra cuestión importante es que ahora los padres no pueden dedicar el tiempo suficiente y necesario en la correcta educación de sus hijos. De este modo, en muchas ocasiones, intentan paliar esa falta de atención o bien con regalos materiales, los cuales nunca van a mantener satisfecho al niño porque siempre llegará un producto mejor, o bien siendo permisivos el rato que puedan pasar juntos cada día.

Los niños de hoy pasan mucho tiempo al día pegados a la pantalla de un ordenador, de un teléfono móvil o de la televisión. La información al instante, manipulada y sensacionalista la mayoría de las veces, hace que el niño no tenga tiempo de procesar tanta información y éstos carecen, en muchos casos, de una figura que pueda gestionar toda la que recibe.

Todo esto es un sumatorio de factores que me llevan a pensar en las causas por las cuales una niña de catorce años le pegue una paliza a una compañera de clase mientras que los demás compañeros graban con los teléfonos móviles para, posteriormente, subirlo a las redes sociales.

La normalización de la agresividad. ¿Cuál creen que es la reacción de un niño o adolescente al contemplar un acto violento en televisión? No nos engañemos. Nos hemos acostumbrado a la violencia, tanto que podemos seguir mojando las patatas en salsa ali-oli mientras vemos como un francotirador le vuela la cabeza a Kennedy. Y eso también lo ven los niños. Pero ellos, a diferencia de nosotros, están aprendiendo a gestionar sus emociones. Cuando un niño ve un acto agresivo, que no tiene que ser necesariamente violento (digamos que la distinción entre agresividad y violencia es que ésta última se instrumentaliza) y no muestra ningún tipo de sentimiento empático por la víctima es que algo está pasando, algo grave y desastroso de las que seguramente veamos consecuencias en unos años.

Expectativas no cumplidas, frustración, agresividad o violencia y normalización de éstas sumadas a una forma de vida desestructurada y una educación pobre son las causas, desde mi humilde formade verlo, de que la empatía sea una palabra en vía de extinción.


Mi madre, al ver las imágenes y la noticia en televisión dijo: “Qué miedo tener, en esta época, un hijo adolescente” Pero yo me quedo en que los niños siguen naciendo igual que hace cuarenta, cincuenta o quinientos años. Más bien la cosa sería: “Qué miedo ser hijo de unos padres de esta época”

jueves, 6 de marzo de 2014

NUESTRO ÁLBUM... PARTE PRIMERA

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“Un escritor, no recuerdo cuál, decía que el dolor siempre hay que ponerlo sobre la mesa, saborearlo, hacerlo tangible; porque si hay algo peor que el dolor es la nada. Ese momento que, aunque ahora creas que no llegará, lo hará, y no sentirás nada, porque el tiempo pasa para todo el mundo. Ese momento en el que descubres que ya no te duele es el peor. Así que saborea el dolor un poco mientras dure. Es bonito el momento en el que todo te hace sangre” (Mi amiga Penélope)


Me hace sangre recordarte, mucha. Me hiere revivir cada uno de esos momentos vividos a tu lado. Están tan presentes en mí que no hace falta ni que cierre los ojos para que afloren desde todos los rincones de mi mente. Cada uno de esos instantes creó un estrecho vínculo en mi memoria, y seguramente perduren para siempre en ella. No encuentro mejor forma de llenar ese espacio de mi mente que con los de alguno de estos momentos.

Mamá bajó al coche a por algo que se le había olvidado, como de costumbre. Era la primera vez que tú y yo nos quedábamos solos, por lo menos sin que estuvieras dormida. Yo estaba sentado en aquella butaca ochentera y tú permanecías de pie, perdida, en mitad del salón. Yo te miraba y, de algún modo, llamé tu atención. Eras tan pequeña, bella y dulce por fuera que jamás pensé que pudieras ser tan sutilmente perversa y malvada. Me mirabas con eso ojitos recién horneados y, poco a poco, te acercabas. Callada y sigilosa te colocaste a escasos centímetros de mí. Sin quitarme ojo en ningún momento, tu pequeño pie derecho comenzó a moverse y se posó justo encima de mi pie izquierdo. Entonces apretaste con fuerza, claro que con toda la fuerza que podías tener a los tres años de edad. Quitabas el pie y, segundos después, volvías a pisarme. Así repetidas veces. Siempre sin quitar tu dulce y descabellada mirada sobre mí. Así hasta que llegó mamá…..

Un día, al despertar, como todos los días en los que no había cole, fuiste a nuestra habitación con toda esa energía que podía tener una niña de tres años después de haber dormido durante doce horas. Yo estaba de viaje en Estados Unidos en aquel momento y mamá aún se peleaba con las sábanas a esas horas, como de costumbre, nada nuevo. Entonces tú preguntaste: “Mamá, ¿y Jose?”. Mamá te dijo que yo estaba escalando y ahí fue cuando tú dijiste esa frase elocuente: “¡pero si de noche no se escala!” Con los años comprenderías que de noche también se escala, ¿recuerdas?

Otro día estábamos escalando en el sector La Bóveda de Grazalema. Hacía tanto calor que los camellos se estaban suicidando en el parking para camellos. Menos mal que nosotros aún teníamos la furgo. Entonces yo cogí y me quite el arnés, los gatos, la magnesera, la camiseta, los pantalones y los calzoncillos. Tu reías sin parar y mamá también. Lo de tus risas lo entiendo, no tanto las risas de mamá. En fin.. El caso es que te dije que no te rieras, que hacía tanta calor que iría de esa forma hasta el coche (para llegar al coche había que andar unos 200 metros por una carretera frecuentada de coches). Entonces te pregunté si te animabas. ¡¡Te animaste!!. Sí gorda, sabes que lo hiciste porque aún lo recuerdas, ¿verdad? Allá íbamos, tú y yo, desnudos, con la mochila en la espalda (imagen bochornosa) y mamá haciéndonos fotos mientras los coches tocaban el claxon. Podría haber acabado en tragedia…

Recuerdo cuando nos fuimos tú y yo solos a la feria de San Fernando y me sacaste una gran cantidad de dinero en pocas horas. Nos montamos en un cacharro de esos que dan más vueltas que mi cabeza en estos momentos. Estuve durante un rato intentando negociar contigo para que eligieras alguna atracción en la que no hiciera falta la compañía de un adulto. Negociar contigo venía a ser como negociar con mamá, derrota asegurada. Y allí estábamos, los dos montados. Tú flipándolo y yo acojonado. Eso empezó a moverse y yo te dije que tampoco era para tanto. Tú me miraste con esa sonrisa perversa que ya me enseñaste en nuestra primera “quedada” y dijiste: “No Jose, esto aún no ha empezado”. De repente, el puto cacharro comenzó a girar y a dar botes a toda velocidad. La barra de… “seguridad” parecía ser menos segura de lo que yo lo estoy siendo al escribir estas palabras, y el tipo encargado de animar el cotarro me decía que agarrara bien a la cría, cuando era la cría, eras tú, quién me tenía agarrado y se burlaba de mi miedo. Hala niña, a la noria pequeña... Lo peor fue cuando se te acabaron las pilas y tuve que llevarte en brazos hasta el coche, situado a más de dos kilómetros de la feria. Vaya paseíto. Aun te recuerdo en la cama esa noche. Con el pijama, despeinada, en estado de coma, pero con los labios perfectamente pintado de rojo pasión de gitana. Antes muerta que sencilla…

Recuerdo cuando te hacía el juego del pajarito (no seáis mal pensados) para que comieses y te encantaba. También cuando yo comenzaba a hacer guarradas en la mesa (he dicho que no seáis mal pensados) y te daba fatiga, pero eras incapaz de eliminar de tu mente el morbo que te producía  contemplar qué sucedía cuando yo hacía el “molinillo”. Recuerdo cuando te enseñaba los dedos, de uno en uno, y te preguntaba si el dedo índice picaba, y tú decías que no. Luego te preguntaba si el dedo incide y el anular juntos picaban, y tú decías que no. Más tarde te preguntaba si el dedo índice, el anular y el corazón juntos picaban, y tú me decías que no. Posteriormente te preguntaba si el dedo índice, el anular, el corazón y el meñique juntos picaban, y tú respondías que no. Y ahí es cuando te ponías a temblar, porque sabías que luego, todos juntos, con el dedo gordo, sí que picaban. Y entonces comenzaba la guerra de cosquillas…. Eso aún te lo hacía…

Tengo tantos recuerdos que no sé qué pensar cuando la gente me dice que lo mejor es que me olvide de ti. Me asusta que la gente diga y piense eso, ¿sabes? Qué sabrán ellos, ¿verdad? Pero sé que la memoria es traicionera gorda, y más aún cuando es alterada y manipulada por gente… Pero aquí estás a salvo, ¿sabes? En mis recuerdos, dentro de mi cabeza, en mi corazón desgarrado por tu ausencia. Un día serás lo suficientemente mayor para, por ti misma, poder poner en orden esa caja de los recuerdos que es tu mente, y entonces, ese día, encontrarás nuestro álbum. Te tumbarás en la cama, cerrarás los ojos y empezarás a pasar las hojas que hemos rellenado juntos. Verás algunas de estas historias y, seguramente, otras muchas que yo no sea capaz de recordar. Nuestro álbum contado por ti. Me encantaría verlo… Buenas noches princesa…. Te quiero, te quiero, te quiero, te quiero, te quiero, te quiero, te quiero, te quiero, te quiero, te quiero, te quiero, te quiero, te quiero, te quiero, y TE AMO, a saco…

martes, 4 de marzo de 2014

LUCHAMOS POR LO QUE CREEMOS?

Estoy en el gimnasio, como últimamente, hablando contigo. Deambulo entre las máquinas, las observo, e intento buscar sentido a mi presencia en este mundo de acero y poleas; a este mundo de gente perdida entre los espejos sugerentes, la música tecno y los IPhone´s fijados en los brazos.

Veo a un hombre de mediana edad al que le sobran muchos kilos, quizás demasiados, haciendo una gran cantidad de abdominales, bíceps, tríceps y cuádriceps. Habla con un amigo y le comenta que esta vez está empeñado en perder esos kilos que tiene de más. Y yo, atónito y desconcertado, me pregunto si lo que a este buen hombre le ocurre es que le invade y le posee la ignorancia o, sin embargo, ha aprendido, asumido e interiorizado el hecho de que quizás yendo al gimnasio y haciendo alguna que otra cosilla los michelines desaparecerán.

¿Se puede vivir engañado en post de una comodidad pasajera?

Recuerdo este verano pasado, ya lo he comentado seguro por aquí, en una playa de Cádiz, que permanecí inmóvil durante aproximadamente cinco minutos contemplando como los turistas, y los no turistas del lugar, pasaban a escasos metros de una lata de refresco que había en la orilla a unos cincuenta metros de mi posición. En ese tiempo que tardé en acercarme al lugar y recoger la lata pudieron pasar unas cien personas por el lado de ésta. Y no es que nadie no agachara el culo para recogerla, sino que ninguno de los orgullosos bañistas de esta playa con distintivo de bandera azul pareció percibir que allí se encontraba la lata en cuestión. No daba crédito.

¿Podemos perder la objetividad en post de tener una conciencia tranquila?

Una mujer mete en la cárcel a un hombre, su pareja, argumentando que éste la está acosando. El hombre jugaba en la playa con uno de los hijos de ambos y ella, ante su enfado y su malestar porque éste estuviera allí, lo denuncia. Ahora entenderéis por qué digo que ella lo mete en la cárcel. Mujer denuncia a pareja masculina porque no friega los platos y éste, esa noche, come fabada asturiana de bote y comparte dormitorio con un asesino,,, La mujer se arrepiente, retira la denuncia, llora, le pide disculpas y a las dos semanas, como seguía sin fregar los platos lo deja de nuevo, y le dice que no quiere volver a verlo en la vida. Ese hombre, ¿qué hace? Quiere una explicación para poder entender algo pero sabe que si insiste más de lo que debiera tendrá que volver a cenar fabada de nuevo. Y odia la fabada, sobre todo de bote.

¿Estamos aprovechándonos de las circunstancias de un país desestructurado?

Joven, 28 años, hace tiempo acabó la carrera de derecho y no encuentra trabajo. Vive indignado ante una sociedad corrupta y corrompida por gente ajena y carente de principios. Contaba que, una vez, esperando su turno en Hacienda, preguntó en la ventanilla la causa que las demás mesas avanzaran, pero la suya, la mesa número 5, llevara un rato parada. El chico de la ventanilla, una vez cerró Facebook, Whatsaap y Twitter, le dijo es que la encargada de la mesa número 5 había tenido que salir. Cuarenta y cinco minutos después ésta, la encargada de atender la mensa número 5, entró por las oficinas de Hacienda con dos bolsas de Mercadona clavadas en las muñecas. Pero lo sorprendente de esta historia, que tenía indignado a éste joven abogado en paro, fue que, años después, consiguió, el joven abogado, aprobar unas oposiciones de funcionario de un cargo similar. Esa indignación desapareció, pues él ya estaba dentro. hoy en día, de 11 a 1:45 va acompañado a Mercadona por Teresa, la encargada de la mesa número 5.

Yo tuve que vender mi furgo. La furgo. Y eso no es cualquier cosa. Vender la furgo está plagado de daños colaterales. Al quedarte sin furgo pierdes esa autonomía que te tenías  para escalar, pierdes algo de ti. De hecho, como decía una sabia madre, que no era tan sabia como la mía, pero resultó tener muchos dotes para predicciones de este tipo, “quedarse sin furgo es como quedarse sin pareja” allá que cada uno…. En fin. El caso es que, con el tiempo, descubrí que hay un escalador de la zona que pertenece a uno de los increíbles, eficaces y bien estructurados cuerpos de seguridad del estado. El chaval lleva tres años, o más, o menos, o por ahí por ahí, de baja por depresión. Yo sé esto porque me lo ha contado uno, bueno,,,muchos de sus “amigos” (“amigos” necesariamente tendrá que ir siempre entre comillas, a no ser que nombre a algún cánido). El chaval depresivo en cuestión es un insulto para la tremenda cantidad de personas que sufren a día de hoy esa jodida enfermedad. Pues en estos tres años, o más, o menos, o por ahí por ahí, el depresivo en cuestión se las pasa de escuela de escalada en escuela de escalada disfrutando de la vida. ¿Sabéis dónde? En una furgo parecida a la mía. Sí, sí, la que tuve que vender. Indignante, ¿verdad?

Y esto es lo que ocurre…

Recientemente oí una frase que llamó mucho la atención. Decía así: “El mal solo necesita para triunfar en la vida que los hombre buenos no hagan nada”
La verdad es que la frase me impactó. Hemos caído en el colosal  y descomunal error de creer que ser buenas personas implica tener la boca cerrada, y eso no es así. Y no es así porque de esta forma el mal ganará. Siempre fue así.

Recuerdo cuando se quitaban los bocadillos en el colegio a los más débiles (bueno yo no, por supuesto, pero me lo han contado). El alumno débil en cuestión se callaba por miedo a que la justicia no fuera lo suficientemente buena, por lo que temía, una vez formulada la denuncia, que los asaltantes de bocadillos de chorizo tomaran encima represalias contra ellos.

Queremos un mundo mejor, queremos un mundo donde estemos delgados, pero no queremos entrar en la clase de spining. Queremos unas playas limpias y alardear de bandera azul, pero no estamos dispuestos a agacharnos a coger una puta lata. Del mismo modo no queremos gente corrupta en nuestro país, pero no hacemos nada por evitar que la corrupción siga adelante.  Y no  me refiero solo a la corrupción laboral que tiene a nuestro país inmerso en una profunda crisis, sino a la corrupción que ejercen muchas personas, día a día, con aquellos que se encuentran en una situación más desfavorable, aquellas personas que creen ser superiores a otros y que rompen la igualdad por poseer algún tipo de arma arrojadiza como la falta de honestidad, de principios, de dignidad y humanidad.

Había otra frase que siempre me gustó y que encontraba muy a menudo en los típicos sobres de azucarillos de la marca “Antoñín”, como mi amigo, que ahora es Antoin porque viven Francia.

“Si quieres conocer realmente a alguien, dale poder”

Podemos hacer algo más, podemos entrar en la clase de spining. Sabemos que no va a ser fácil, sabemos que vamos a sudar y que, a priori, no va a ser divertido. Pero es la única manera de que las cosas puedan ser algo diferentes.



sábado, 1 de marzo de 2014

EL PESO SOBRE NUESTROS HOMBROS...

Os veo pasar junto a mí, muy cerca. Tanto que tengo la sensación de rozarme con vuestros cuerpos y oler vuestro miedo. Vais de un lado para otro, sin un sentido aparente. Cada uno con vuestras historias, con vuestras vidas, con vuestras penas y glorias. Mientras yo, aletargado, ajeno a este devenir de situaciones y emociones, como si carecieran de valor, como si no existieran, inmerso en mi persona, sumergido en mi mundo, como si lo demás no importara y no fuera relevante, al menos para mí.
Tengo la sensación que algo me estoy perdiendo, que hay algo ahí, al otro lado de la ventanilla de mi coche, que estoy pasando por alto, que estoy ignorando.

Mientras conduzco pienso en vosotros y en vuestras historias, al mismo tiempo que pienso en lo poco que os debe importar la mía en estos instantes. La carretera se estira hasta el infinito y me deja divagar entre mis pensamientos. Conduzco en modo automático. Sé dónde voy, pero no sé, ni soy consciente, de cómo lo hago. Un chico en una furgoneta que conduce a toda prisa mientras habla acaloradamente con el móvil; una pareja de jubilados alemanes en una flamante autocaravana y que apenas se dirigen la mirada, como si no tuvieran nada que decirse, o como si ya se lo hubieran dicho todo, o como si no les hiciera falta decirse nada y, simplemente, les bastara con estar el uno junto al otro; la familia al completo en un monovolumen con los niños gritando en el asiento de atrás. Cada situación diferente, única y extraordinaria.

Trato de dejar por un momento mi historia aparcada en algún lugar de esta infinita y eterna carretera y pensar en esas historias que siempre pasan desapercibidas. ¿Acaso son menos importantes que la mía?

Me inquieta esa frase que oí tantas veces en mi vida: “ese no es mi problema”. ¿No lo es?

Hoy vienes a casa sumergida en un mar de lágrimas, con el corazón roto, destrozado, y la mente inconexa. Tu voz, temblorosa y llena de dolor, se agarra a tu garganta impidiendo que le des forma a todos esos pensamientos que te atormentan y no te dejan respirar, y no te dejan coger aire. Tus manos descansan rendidas sobre tus piernas y yo no puedo ver tus ojos porque están abatidos, ocultos entre sollozos. La única forma que tengo para entender tu dolor es cerrar los míos y aguardar en silencio hasta que esos pensamientos que tienes dejen de acuchillarte el vientre.
Quiero ayudarte pero no sé cómo, no lo sé. Quizás pueda verme reflejado en la espesura de tus lágrimas; quizás revivas en mí sentimientos que trato de ocultar con la conversación que estaba teniendo hasta tu llegada; quizás éste sea solo tu problema…

¡¡No!! No lo es…

Por un momento podría aparcar toda mi mierda y todo mi ego en algún lugar de esa carretera infinita y eterna. Lo sé, y tú también lo sabes. ¿Qué vas a hacer?
¿Por un momento podría, podríamos, dejar de mirar nuestro puto ombligo y ver más allá, o acaso nuestros ojos estén más entumecidos que los de ella?
No sé cómo aprendimos a hacerlo. No sé quién nos enseñó a disimular tan bien, e incluso a engañaros, en post de una vida tan cómoda como vacía…

Es cierto que no podemos, como oí recientemente, echarnos el peso del mundo sobre nuestros hombros porque acabaríamos aplastados y abatidos. Pero podemos empezar a cambiar el mundo, a cambiar las cosas, esas pequeñas cosas que harían que mucha gente pudiera tomar nuevamente aire, que pudieran respirar y hablar, si nos echáramos sobre nuestros hombros el peso de las personas que tenemos a nuestro alrededor y están sufriendo, que están a nuestro lado, tan cerca, que pueden salpicarnos sus lágrimas. Esas personas a las que, no sé cómo, hemos aprendido a ignorar y a apartar de nuestro camino porque no nos valen.


Porque esto no debería ser un “sálvese quien pueda”, porque así, de esa forma, no se salvará nadie. Así estamos solos, tarde o temprano, solos. Tú eliges…